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Educación en Valores y Diferencia
Sexual:
Realidad y políticas educativas en el
contexto español
Isabel Carrillo
Universitat de Vic
Citation: Carrillo, I. (2004, junio 16). Educación en Valores y Diferencia
Sexual:
Realidad y políticas educativas en el
contexto español. Education
Policy Analysis Archives, 12(27).Retrieved [Date] from
http://epaa.asu.edu/epaa/v12n27/.
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Resumen
Este artículo analiza para el contexto español las
políticas promovidas en los últimos años por el
gobierno conservador del partido popular y los cambios que
conllevaron la entrada en vigor, en el 2002, de la Ley de Calidad
de la Enseñanza. Los mismos no parecen garantizar la
igualdad de oportunidades para las mujeres, pues nos encontramos
ante una Ley cuya finalidad es buscar respuestas a los cambios
tecnológicos y los criterios de mercado, llegando a
afirmarse que las reformas educativas son necesarias para la
“revisión, ajuste y mejora”, siendo la
“calidad” el mecanismo para “el logro de cotas
más elevadas de progreso social y económico”. A
pesar de que la exposición de motivos de la Ley alude al
bienestar individual y social –sin explicitar abiertamente
el significado que les otorga-, los planteamientos neoliberales
de las economías capitalistas se insertan en el discurso y
se habla, como se ha indicado, de la necesidad de ajustes que en
estas perspectivas no garantizan el avance en la lucha contra la
exclusión y la discriminación, dificultando el
encuentro de las diferencias, de lo femenino y de lo masculino.
El nuevo gobierno socialista, surgido de las elecciones
celebradas en el pasado mes de marzo de 2004, forzosamente debe
plantear una transición educativa que necesita de medidas
urgentes, atrevidas y transformadoras.
Education in Values and Sexual Difference: Reality and Educational
Policies in the Spanish Context
Abstract
This article deals with the policies promoted during the
conservati Spanish government of the partido popular
and the changes implemented by the 2002 Act of Educational quality
and their impact on gender issues, in particular women’s human
rights. This article will contend that the Act did not guarantee
equality of opportunity for women. The 2000 Act’s objective was
to search for solutions to contemporary technological changes and
market criteria by implementing an educational reform oriented to
“review, adjust and improve the life of schools”. To do
so, the conservative government proposed that “quality”
was the mechanism to “reach bigger social and economical
progress”. This article concludes that the new socialist
government, elected in March of 2004, must introduce an alternative
model for the current transition, implementing both bold and
transforming measures.
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1.Derechos humanos, derechos de la mujer. ¿Una
realidad política pendiente?
A pesar de los grandes propósitos y retos socioeducativos
que el siglo veinte nos anunciaba con insistencia, pudiendo
escucharse algunas voces que afirmaban que el siglo veintiuno
sería el siglo de las mujeres, hoy seguimos caminando por el
nuevo milenio siendo conscientes que la igualdad jurídica
conseguida en algunos países, si bien puede parecernos
bastante satisfactoria, no lo es tanto en la práctica
cotidiana. Día a día nuestro mundo, aquel que hemos ido
dibujando, sigue sumergido en problemas que obstaculizan el
desarrollo pleno de los derechos humanos para las mujeres y los
hombres de cualquier lugar del planeta. Si bien la IV Conferencia
Mundial sobre las Mujeres celebrada en Beijing en 1995 supuso un
marco abierto para poder debatir esta realidad, profundizando en
los planteamientos de la Conferencia de Derechos Humanos de Viena
de 1993 -donde se evidenció la necesidad de que las
políticas públicas contemplaran la condición de
universalidad e indivisibilidad de los derechos de las mujeres-,
las medidas aprobadas por los países participantes en la IV
Conferencia siguen estando en un segundo plano, de forma que en
el presente los derechos de las mujeres continúan siendo
“conculcados sistemáticamente en muchas partes del
mundo” debido a “la falta de interés
político de muchos gobiernos por efectuar cambios que
mejoren la situación de las mujeres” (Note 1). Hoy, por lo tanto, sigue siendo
urgente que las agendas políticas y los debates
pedagógicos dejen de moverse al compás de lo que marcan
las audiencias y puede parecer novedoso, y centren de nuevo su
atención en la diferencia sexual, el género y la
educación, abriendo espacios que permitan replantearse los
modelos reproduccionistas y generadores de injusticias.
Cabe tener en cuenta también que, ante la violación
sistemática de los derechos humanos de las mujeres, y los
problemas no sólo jurídicos sino también
éticos que se derivan, no pueden aceptarse promesas que
nunca acaban de concretarse, ni la propuesta de fórmulas
mágicas, pues el devenir de nuestra historia muestra como
las palabras fácilmente se vuelven rígidas, se
vacían de significado e incluso pueden caer en
contradicciones si el único objetivo es alimentar discursos
electorales que, en ocasiones, han ignorado la realidad y se han
mostrado alejados de lo cotidiano, del día a día.
Además, no podemos ignorar que todo ello acontece en un
entorno impregnado por las influencias de un mundo globalizado
donde quieren imponerse con fuerza, en todos los ámbitos de
vida, los planteamientos ideológicos de una economía
capitalista como modelo único de relación y desarrollo,
bajo la afirmación de que un elevado nivel material de vida
conlleva una alta calidad de vida. Esta concepción sirve de
soporte para legitimar, en las sociedades contemporáneas, un
modelo de crecimiento acelerado cuyo fin parece ser la mera
acumulación constante de objetos, así como un
enriquecimiento rápido de minorías de poder. En la
carrera de estos sectores económicos se continúa
fomentando la división social del trabajo
patriarcal-capitalista, recluyendo a la mujer al ámbito
privado, y declarando el trabajo doméstico de las mujeres
como no productivo, por lo que si no aporta ningún beneficio
económico, tampoco puede remunerarse. Al recluir a las
mujeres a la esfera privada donde su rol se desenvuelve como amas
de casa, y donde su actividad no se incluye como trabajo
productivo en los indicadores económicos –por ejemplo
en el cálculo del producto interior bruto-, se está
dando consistencia y valor a una sociedad clasista donde las
mujeres son la colonia inferior de este sistema. (Note 2) La desigualdad en el mundo laboral
sigue viva, y así lo reflejan algunos datos relativos a la
situación en España, donde el porcentaje de mujeres
ocupadas sigue siendo la mitad que el de los hombres, con el
agravante de que una gran parte de los empleos femeninos son
precarios –el 80% de los contratos a tiempo parcial
corresponde a las mujeres-. (Note 3)
En este contexto, uno de los grandes desafíos de las
políticas públicas es el tomar plena conciencia, y
entender en profundidad, cómo tales planteamientos y
prácticas derivan en diversas formas de exclusión y
opresión. Es desde el conocimiento y la reflexión
ética sobre la situación de la mujer, su ser y su estar
en el mundo, desde donde pueden generarse espacios de resistencia
efectiva que, mediante diferentes acciones jurídicas,
económicas, educativas…, permitan superar un
pensamiento único y hegemónico, demasiado viciado por
los parámetros y dominios androcéntricos y sexistas,
donde el hombre -lo masculino- es la medida de todas las cosas,
perpetuando su poder de centralidad y referencia con métodos
que quieren mantener a las mujeres inmovilizadas en una
situación de inferioridad, de subordinación y de
explotación. En este pensamiento, no puede cuestionarse la
percepción de que el mundo es y debe continuar siendo
masculino -dada la consideración de inferioridad natural de
la mujer-, pues ésta “nacida para fabricar hijos,
desvestir borrachos o vestir santos, ha sido tradicionalmente
acusada, como los indios, los negros, de estupidez
congénita. Y ha sido condenada, como ellos, a los suburbios
de la historia. La historia oficial de las Américas
sólo hace un lugarcito a las fieles sombras de los
próceres, a las madres abnegadas y a la viudas sufrientes:
la bandera, el bordado y el luto” (Note 4). Reescribir la historia y construir
otras formas de vida más justas y equitativas exige un mayor
compromiso que permita romper con los muros de silencio para,
entre otras medidas, denunciar sistemas políticos
autoritarios y sistemas judiciales inoperantes que permiten la
impunidad, y para reclamar el cambio legislativo y de aquellas
normas culturales discriminadoras que justifican y alientan las
continuadas prácticas de violencia de género, la
tortura y malos tratos basados en la identidad sexual, la
mutilación genital femenina, la prostitución y el
tráfico de niñas y mujeres, la explotación laboral
de la mujer desde la infancia, el absentismo y abandono escolar
de las niñas… Estas acciones, que por formar parte de
nuestro cotidiano dejan de centrar nuestra atención, deben
ser erradicadas.
Urge, de este modo, un planteamiento político
local/global que articule y considere la multidimensionalidad de
una realidad que se nos presenta atomizada con el fin de
simplificar los problemas e ignorar la complejidad que los
envuelve. La exclusión y las desigualdades, si bien pueden y
deben entenderse desde su contextualización, tienen
raíces y efectos similares de carácter universal, por
lo que es necesario no olvidar que lo universal se ha vuelto
singular, porque cada singular es parte y parcela del universo.
Lo concreto es el universo terrestre, dentro del cual vivimos,
nos movemos y existimos. (Note 5) No podemos ignorar que mujeres y hombres compartimos la
misma humanidad básica, y sin embargo se ha invisibilizado,
durante milenios, el ser femenino, por lo que la mujer ha tenido
que vivir una existencia a veces clandestina, otras olvidada, y
frecuentemente despreciada e infravalorada, quedando atrapada por
los prejuicios y los estereotipos sexistas. De igual forma se ha
de evidenciar que la lucha por superar las desigualdades
derivadas de la diferencia sexual y la construcción del
género es, ha de ser, una lucha social, y no tan sólo
de todas y cada una de las mujeres, sino también de todos y
cada uno de los hombres. Sin embargo, la responsabilidad y el
compromiso social de la ciudadanía necesita también de
la regulación jurídica que posibilite el marco para el
reconocimiento real de los derechos de las mujeres, así como
de otras políticas de los organismos internacionales y de
los gobiernos nacionales que no sólo planteen principios
ideológicos abstractos, o propuestas vacias de contenido,
sino que establezcan recomendaciones y pongan en práctica
programas y medidas contra la discriminación por razón
de sexo.
En el contexto español la creación en 1983 del
Instituto de la Mujer fue una iniciativa muy positiva y
esperanzadora del gobierno socialista que supuso el
reconocimiento de la necesidad de construir la igualdad de
género, al mismo tiempo que se iba definiendo la democracia
en España después de largos años de dictadura y
autoritarismos. Al vaivén de los avatares políticos y
económicos, el Instituto de la Mujer propuso, en 1987,
medidas que implicaban la actuación complementaria –y
de difícil puesta en práctica- de diversos Ministerios
para el desarrollo de un Plan para la Igualdad de Oportunidades.
Los resultados de las últimas elecciones celebradas en marzo
de 2004, han retornado un gobierno socialista que, entre las
primeras medidas urgentes, plantea la creación de una
Secretaria General de Políticas de Igualdad
–dependiente del Instituto de la Mujer-, así como una
delegación específica del Gobierno para temas
relacionados con la violencia hacia las mujeres. Cabe pensar si
estas propuestas quieren alejarse de las políticas
neoliberales de privatización y reducción del
presupuesto social y educativo desarrolladas por los gobiernos
conservadores, políticas que no han solucionado las
problemáticas ni la situación de las mujeres, sino que
han profundizado en su permanencia.
Positivo también fue la creación en las Comunidades
Autónomas de otros Institutos de la Mujer -dependientes de
los Gobiernos Autónomos respectivos- que han ido
estableciendo sus propios planes para la igualdad. Por ejemplo,
en el caso de la Comunidad de Catalunya, el Estatuto de
Autonomía en su art. 9.27 determina que corresponde al
Gobierno de la Generalitat de Catalunya la compentencia exclusiva
en materia de promoción de la mujer. Por Decreto 25/1987, de
29 de enero, se creó la Comisión Interdepartamental de
Promoción de la Mujer, con el objetivo de promover la
igualdad de derechos y la no discriminación entre mujeres y
hombres, así como la participación equitativa de la
mujer en la vida sociocultural, económica y política.
Desde 1989, a través del Institut Català de la Dona, se
han venido proponiendo –pues complejo es su desarrollo-
planes para la igualdad de oportunidades, poniendo especial
énfasis en los procesos de prevención,
sensibilización y formación (Note 6). El Parlamento de Catalunya creó,
en diciembre de 2003, la Comisión Permanente de Legislatura
para los Derechos de la Mujer.
En otras comunidades como en la Comunidad de Castilla-La
Mancha, el Gobierno Autonómico ha promovido iniciativas
pioneras e impulsoras de cambios legislativos en temas y
problemáticas concretas que centran la atención en el
presente, como es el caso de la Ley 5/2001, de 17 de mayo, de
Prevención de Malos Tratos y de Protección de las
Mujeres Maltratadas. La exposición de motivos de dicha Ley
reconoce explícitamente la implicación necesaria de los
Gobiernos en dicha problemática: “La violencia contra
las mujeres ha de ocupar a los Jueces como delito grave que es,
pero, además, es un asunto de Gobierno que exige
políticas activas e iniciativas concretas. La lucha efectiva
que padecen las mujeres debe desarrollarse en el espacio de la
vida pública, porque se trata de una flagrante
violación de los derechos humanos (...)” (Note 7). Esta Ley es un ejemplo de
concreción de aquello que establecen los Planes para la
Igualdad de Oportunidades, sin embargo las medidas son aún
demasiado fragmentarias, y un tanto aisladas, dada la complejidad
de las problemáticas que viven las mujeres y de los
contextos diversos donde acontecen, pero también debido a
que políticamente los gobiernos no abordan de forma integral
la realidad de las mujeres. Se proponen planes para erradicar la
discriminación y las desigualdades, pero parece que
sólo a golpe de sucesos cambian las leyes sin que ello
incida en la transformación real de las prácticas. (Note 8) ¿Cómo
garantizar políticas integrales que lleven a una
aplicación objetiva del marco jurídico?;
¿cómo erradicar la discriminación laboral o la
violencia de género –temas presentes en los debates
electorales españoles- y demás situaciones de
vulneración de los derechos humanos, cuando la mujer sigue
siendo vista más como un objeto de propiedad que como una
persona de derechos con identidad y autonomía?
No podemos obviar tampoco que las políticas públicas
eluden en sus discursos y en sus prácticas el hecho de que,
en los últimos años, las grandes fracturas provocadas
por el aumento de las desigualdades y de la pobreza ha afectado
con mayor crudeza a la población femenina -junto con la
población infantil-. Así lo pone de manifiesto el
Observatorio de la Pobreza en la Comunidad Autónoma de
Catalunya que, en sus informes indica el aumento de la pobreza
entre las mujeres de más edad, especialmente las que viven
solas, pero también aumenta entre mujeres jóvenes o de
edades intermedias con hijos e hijas que están bajo su
responsabilidad. A ello se suma otro grupo de mujeres, las
procedentes de migraciones, que llegan a España buscando
nuevas expectativas de vida, pero que sin embargo se ven abocadas
–sobretodo cuando no tienen regularizada su situación-
a la marginación social. Se señala también que el
diagnóstico de las políticas públicas, y su
impacto sobre el volumen de la pobreza, no es optimista, con el
agravante de que la pobreza ha estado, y está,
prácticamente ausente de los debates políticos,
económicos y sociales. ¿Cómo reconocer esta
problemática en una sociedad que se define como sociedad del
bienestar? Las políticas neoliberales de privatización
y reducción del presupuesto social y educativo,
desarrolladas por el gobierno conservador del partido popular,
lejos de paliar estas problemáticas, las aumentaron. Si la
inversión pública está ausente de las
políticas de igualdad social, el mercado tampoco resulta un
mecanismo óptimo al moverse, exclusivamente, hacia la
búsqueda de rendimientos y beneficios económicos, y no
en su justa distribución.
Cabe preguntarse también, a la luz del Informe 2003 del
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, qué
lectura podemos hacer de los índices de desarrollo humano
que clasifican España entro los países con un
desarrollo humano alto. Una lectura rápida y superficial de
los datos numéricos del informe puede llevar a
interpretaciones erróneas de la realidad y de las
problemáticas de las mujeres en España, pues no nos
indica nada respecto al aumento de la pobreza entre las mismas,
ni al hecho de que una sociedad no discriminadora es indicador de
un alto desarrollo humano (y no al contrario). Al mismo tiempo un
simple dato numérico puede ser utilizado de forma perversa
por sectores de poder para reafirmar las políticas
privatizadoras, de control y exclusión, pues puede
argumentarse que si España ocupa un puesto relevante es
debido a la aplicación de dichas políticas. Cabe
detenerse también en otro de los indicadores del desarrollo
humano, la educación, cuyo índice se sitúa en un
0’97. Dado un resultado tan elevado, ¿qué le
ocurre al sistema educativo español?; ¿qué modelos
educativos perviven y perpetúan una enseñanza que no
rompe con la exclusión?; ¿en qué valores se educa,
o no, para que siga vivenciándose la vulneración de los
derechos de las mujeres?. Estas preguntas llevan a plantear la
necesidad de que los debates y las políticas sociales se
vinculen y relacionen estrechamente con los discursos y las
políticas educativas. Es urgente priorizar los procesos
formativos, pues ¿cómo cambiar las prácticas sin
una formación de la ciudadanía?; ¿cómo
construir principios éticos democráticos y basados en
los derechos humanos que orienten las relaciones, si éstos
son ignorados en los procesos educativos?; ¿cómo, en
definitiva, educar en valores para romper con las desigualdades,
es decir, cómo educar en la igualdad y en la diferencia?
2.Educación en valores y diferencia sexual en las
políticas educativas del contexto español
En una descarga de responsabilidades los discursos
políticos exigen de las ciudadanas y de los ciudadanos mayor
implicación para resolver las problemáticas de nuestro
contexto de vida. Sin embargo, la conciencia de que todas y todos
somos sujetos actores de la realidad, y por lo tanto responsables
de su perpetuación o de su transformación, no debe
eximir a los gobiernos de promover políticas educativas que
permitan impulsar el cambio de valores y de normas sociomorales,
de formas de hacer discriminadoras e injustas que se dan en el
ámbito público y en el ámbito privado. En este
sentido, es posible pensar en la educación como un espacio
político y éticamente beligerante que no se aísla
del mundo, sino que parte del mismo para replantearse de forma
constante y dinámica las relaciones de justicia, de
libertad, de igualdad y de solidaridad entre mujeres y hombres,
oponiéndose y rechazando las posiciones que justifican la
exclusión social y la discriminación que la mujer
padece desde la infancia, a pesar de las conquistas de los
movimientos feministas en todo el mundo. Pero además, pensar
la educación desde una perspectiva de justicia social que
contempla la diferencia sexual no sólo es justificable, sino
necesario, y por ello debe llevar a preguntarse porqué las
prácticas educativas no han encontrado los mecanismos para
traducir los principios legislativos que propugnaban la no
discriminación por razón de sexo y la igualdad a
través de procesos de coeducación en las escuelas y en
otros espacios formativos (Note 9).
Constatamos que, como en otros ámbitos, el marco
jurídico ha sido, y continua siendo, requisito
imprescindible, pero no garantía suficiente, para el cambio
de las instituciones educativas y de lo que en ellas acontece.
Parece necesario también que, paralelamente, se garanticen
los procesos de formación y concienciación no sólo
de los docentes, sino también de la clase política y de
los diferentes colectivos sociales para que se pueda avanzar a un
mismo ritmo. Cambiar la práctica educativa exige un cambio
de actitudes y de valores donde surja una nueva mirada para el
encuentro de las diferencias, de lo femenino y de lo masculino,
descubriendo la existencia del mundo como valor, como
construcción colectiva de lo justo, y sentirse así
corresponsables –mujeres y hombres- del futuro personal y
de toda la humanidad. (Note 10) Desde este enfoque la educación debe mostrar su
dimensión ética y valorativa para desvelar la
sensibilidad y el compromiso que permiten revelarse ante un mundo
mutable, desigual, lleno de injusticias y desequilibrios.
Revelarse supone no sólo creer que es posible imaginar otras
formas de vida donde los derechos humanos no sean meras palabras,
sino que requiere también actuar desde la comprensión
que es urgente compartir para poder convivir y construir un mundo
más pacífico y sostenible. La educación en
valores, fundamentada en los derechos humanos, se convierte
así en eje y motor de los procesos formativos desde la
infancia.
Sin embargo, tales planteamientos no son posibles si en el
contexto institucional, y en la vida cotidiana de las escuelas,
no se encuentran espacios para pensar los procesos educativos que
se desarrollan, y para analizar de qué forma se están
construyendo relaciones de justicia respetuosas con las
diferencias, o se están promoviendo relaciones limitadoras
de las identidades diversas (Note 11). En este sentido, la reflexión de las
prácticas educativas debe considerar de qué forma la
escuela configura el pensar y el sentir de las personas, y
cómo transmite patrones culturales que llevan a actuaciones
que reproducen modelos androcéntricos y sexistas, o por el
contrario rompen con tales concepciones para plantear otras
formas de relación y de vida basadas en la igualdad desde el
respeto de las diferencias. Analizar la realidad es
imprescindible para poder pensar una educación global que,
desde una perspectiva contextualizada y crítica, rompa con
las actitudes y las formas de actuar que inferiorizan a la mujer
y la recluyen en espacios considerados como menos significativos
en la esfera pública, cuando no la invisibilizan, la
excluyen de las expectativas de éxito o la someten a
rituales, bromas y rumores sexistas.
En el presente cabe tener en cuenta que, a pesar de los logros
teóricos de las perspectivas coeducativas -fundamentadas en
el “feminismo de la igualdad” o el “feminismo
de la diferencia” (Note 12)-, perviven escenarios donde día a día se sigue
representando un orden simbólico que mantiene diferencias
que justifican la desigualdad entre mujeres y hombres. Así,
si bien la escuela impulsa procesos de innovación y de
cambio, también es cierto que sigue cumpliendo una de las
funciones para las que fue creada, la reproducción del orden
social establecido, recreándolo y fortaleciéndolo. De
este modo vivimos en la contradicción de que la
educación sigue reproduciendo aquello que los discursos
teóricos rechazan y pretenden eliminar. Pero además, en
algunos contextos, se produce la paradoja que la educación
tanto en su discurso, como en sus prácticas, instituciones y
procesos, ha ocultado los rostros más auténticos de la
realidad económica, social, política y cultural. Ha
ocultado más de lo que ha desvelado, y ha contribuido
más al orden injusto que a la vida justa y digna de la
mayoría de seres humanos. Observar la realidad teórica
y práctica del sistema educativo, también requiere de
miradas concretas que lleven a revisar la cultura escolar en
general, y los elementos que en ella se entrelazan. (Note 13) En este sentido, si se
analizan por ejemplo los contenidos curriculares, se detecta la
necesidad de desnudarlos de una visión androcéntrica
heredada de los filósofos griegos que establecieron los
ámbitos del saber dignos de ser estudiados generación
tras generación. Si bien se ha superado su desprecio por la
tecnología y la aplicación, no ha ocurrido así con
otros aspectos del conocimiento, especialmente aquellos relativos
a las situaciones y los conflictos del ámbito privado y, en
general, a todo lo que está relacionado con la vida
cotidiana. Aún hoy, en nuestro contexto, pese a que la
legislación educativa en su declaración de principios
defiende la igualdad y la no discriminación por razón
de sexo, las dicotomías entre lo público
–identificado con el mundo de lo científico y de lo
cognitivo, siendo patrimonio masculino-, y lo privado
–identificado con el mundo de lo cotidiano y de lo
afectivo, siendo patrimonio femenino-, siguen impregnando un
currículum que gira en torno a lo racional e ignora la
dimensión emocional. (Note 14) Lo expuesto conlleva el romper con los enfoques que
inferiorizan, subordinan o separan a la mujer, para convertir las
diferencias basadas en la dominación, en el reconocimiento
de las diferencias basadas en el respeto a identidades diversas.
Se trata, además, de evidenciar como la construcción
cultural del género no es permanente, sino que varia en el
tiempo y en el espacio, y por lo tanto, la consideración de
que únicamente hay dos géneros en la especie humana
-igual a dos sexos-, y que los géneros deben estar
jerarquizados -ya que la historia construida expone que por
naturaleza el masculino es superior al femenino-, puede y ha de
cambiarse.
A la luz de las anteriores consideraciones se ha de pensar de
nuevo en la educación en valores desde una perspectiva
crítica y comprometida, una educación que no olvide que
la interpretación cultural del género es esencial para
la conformación de la identidad de cada persona, una
identidad que se va definiendo mediante la trama de relaciones en
la que el ser humano se integra desde su nacimiento. (Note 15) Sin embargo las
metodologías transmisivas y acríticas, que desvinculan
los contenidos de aprendizaje de la realidad, hacen difícil
romper con los modelos de identidad que se otorga a ambos sexos
y, consecuentemente, con las relaciones de dominación y
poder que conllevan. Algunas voces proponen reconocer la
diferencia sexual en la educación como un primer paso para
transformar una escuela donde, de forma oculta o explícita,
inconsciente o consciente, perviven demasiados vestigios de
actitudes y actuaciones sexistas que se vienen perpetuando desde
la conformación de un sistema escolar moderno que, a partir
del siglo dieciocho, si bien permite plantear abiertamente el
debate acerca del derecho de la mujer a la educación, no
cuestiona una diferenciación de roles que lleva a establecer
también la diferencia de modelos educativos, enfoque que
posteriormente no logran deshacer plenamente las escuelas
mixtas.
En España es a partir de la Ley General de Educación
de 1970 que puede desarrollarse legalmente la escuela mixta (Note 16), paso
imprescindible para que en los años 80 y 90 se avanzara en
nuevas propuestas legislativas que abrieron el espacio a
experiencias coeducativas que, si bien han sido significativas y
alentadoras, no han podido tampoco desvincularse totalmente de
las herencias del pasado. Promovida por el gobierno del partido
socialista, en 1990 entró en vigor la Ley Orgánica
1/1990, de 3 de octubre, de Ordenación General del Sistema
Educativo (LOGSE), cuyos principios implicaban cambios relevantes
tanto en la estructura como en el contenido, poniendo especial
atención a los enfoques psicopedagógicos basados en las
teorías cognitivas, el aprendizaje global, significativo y
funcional, y la construcción progresiva del conocimiento
atendiendo al perfil de cada persona y al contexto de vida. En
dicha Ley adquiere una importancia relevante la educación en
valores, siendo ésta una de las finalidades globales y
transversal en un currículum que ha de tener en cuenta la
diferencia sexual. Así, se señala: “El objetivo
primero y fundamental de la educación es el de proporcionar
a los niños y a las niñas, a los jóvenes de uno y
otro sexo, una formación plena que les permita conformar su
propia y esencial identidad, así como construir una
concepción de la realidad que integre a la vez el
conocimiento y la valoración ética y moral de la misma.
Tal formación plena ha de ir dirigida al desarrollo de su
capacidad para ejercer, de manera crítica y en una sociedad
axiológicamente plural, la libertad, la tolerancia y la
solidaridad. En la educación se transmiten y ejercen los
valores que hacen posible la vida en sociedad, singularmente el
respeto a todos los derechos y libertades fundamentales, se
adquieren los hábitos de convivencia democrática y de
respeto mutuo, se prepara para la participación responsable
en las distintas actividades e instancias sociales. (…) La
educación permite, en fin, avanzar en la lucha contra la
discriminación y la desigualdad, sean éstas por
razón de nacimiento, raza, sexo, religión u
opinión, tengan un origen familiar o social, se arrastren
tradicionalmente o aparezcan continuamente con la dinámica
de la sociedad.” (Note 17) Si bien esta declaración de principios del
preámbulo de la Ley no garantiza su práctica, cabe
señalar que permitió abrir el espacio para emprender
acciones centradas en la eliminación de la
discriminación por razón de sexo en la educación.
Durante la década de los 90 se desarrollaron planes de
formación permanente del profesorado y asesoramientos a
escuelas que se planteaban un proceso de
reflexión-acción para cambiar una realidad que
perpetuaba las desigualdades; el trabajo con las asociaciones de
madres y padres inició el camino de la sensibilización
en el ámbito familiar respecto el género construido, la
revisión de los roles y la responsabilidad compartida;
grupos de investigación de las universidades españolas
se centraron en estudiar en profundidad las características
de la desigualdad educativa por razón de sexo, evidenciando
la persistencia del sexismo en las relaciones, los materiales
educativos, los planes de orientación profesional, las
instancias públicas…; se crearon premios para
editoriales y autoras y autores con una orientación no
sexista; se puso de relieve la trayectoria de los movimientos
feministas, y se desarrollaron trabajos para reconstruir la
historia y visibilizar las aportaciones de las mujeres en las
diferentes áreas de conocimiento. Estas acciones fueron y
son un ejemplo del convencimiento de diferentes colectivos y
profesionales de que es necesario promover políticas
públicas para la igualdad de oportunidades, para hacer real
los derechos humanos de todas las mujeres y de todos los hombres.
Si bien los logros del trabajo realizado pueden constatarse,
también es cierto que en estos primeros años del siglo
veintiuno no todas las actuaciones han tenido los efectos
esperados, ya sea por falta de un apoyo continuado de las
administraciones públicas, o bien porque el camino hacia el
cambio de actitudes y la construcción de los valores de
libertad, igualdad y solidaridad entre todas las personas es
arduo y, en ocasiones, demasiado lento. Persistir y creer en la
educación como espacio de transformación requiere de
ciertas dosis de utopía, pero también de marcos
ideológicos y de políticas continuadas que no sólo
se muevan en períodos electorales o bajo la presión de
informes que evidencian la permanente situación de
injusticia que viven las mujeres. Además, debe tenerse en
cuenta que las actuales formas de discriminación y
marginación por razón de sexo parecen ser más
sutiles, ya que en las sociedades modernas globalizadas no se
evidencia discriminación en el acceso a la educación, y
los resultados escolares obtenidos por las jóvenes y los
jóvenes apenas difieren –incluso algunos estudios
reflejan resultados superiores en las chicas-. No obstante
resulta que hombres y mujeres con la misma cualificación
académica obtienen posiciones sociales y remuneraciones
distintas por su trabajo. Es decir, las consecuencias del sexismo
educativo han de ser buscadas probablemente en la
internalización de unas pautas de género diferenciadas,
que comportan distintos tipos de expectativas y posibilidades
según el sexo conllevando una jerarquización de los
individuos. (Note 18)
En este contexto la entrada en vigor de Ley Orgánica
10/2002, de 23 de diciembre, de Calidad de la Enseñanza
(LOCE) planteó regresiones relevantes en los logros y
avances conseguidos respecto a una educación para la
igualdad y para la democracia. Sin debate, y con el desprecio a
las opiniones y argumentos de diversos partidos políticos,
del colectivo docente y de estudiantes, el anterior gobierno
conservador del partido popular aprobó, utilizando su
mayoría en el Congreso de Diputados, una Ley que plantea
demasiadas dudas e interrogantes. Las justificaciones esgrimidas
para imponer esta Ley se centraron en evaluaciones del sistema
educativo que supuestamente revelaban “deficiencias en el
rendimiento preocupantes con relación a los países de
nuestro entorno económico y cultural (…) Así, una
cuarta parte del alumnado no obtiene el título de Graduado
en Educación Secundaria Obligatoria, y abandona el sistema
sin titulación ni cualificación. Además, nuestros
alumnos se sitúan por debajo de la media de la Unión
Europea en sus conocimientos de materias instrumentales como las
matemáticas y las ciencias (…)” (Note 19). Se alude también a las
carencias de conocimientos de lengua y matemáticas; al
deterioro del clima de convivencia en los centros y en las aulas;
al desprestigio de la función docente y la falta de
competencias exclusivas de la dirección para tomar
decisiones en relación al funcionamiento del centro. Estos
parecían ser los graves problemas provocados por la LOGSE,
una Ley que, según las anteriores justificaciones, no
había aportado ningún beneficio, al contrario, se la
culpabilizaba de haber desacreditado la educación, por lo
que los cambios legislativos aprobados se justificaron bajo la
necesidad de establecer nuevas directrices para conseguir la
“calidad” y la “excelencia”. (Note 20)
Los cambios de la LOCE no se centran en la estructura general
del sistema educativo, sino en las enseñanzas de
régimen general y en los modelos educativos pues, a
través de los contenidos y de los enfoques
psicopedagógicos que se pongan en práctica, es como se
pretende modelar al alumnado que deberá someterse a una
autoridad cuyo mecanismo es la jerarquía que otorga valor a
la obediencia. En estos planteamientos ya no cabe un modelo
educativo comprensivo y procesual, que ordenaba las
enseñanzas desde la educación infantil hasta la
formación universitaria, un modelo no sólo centrado en
las áreas de conocimiento, sino en el aprendizaje para la
reflexión ética y la comprensión del mundo y de
sus problemáticas, un aprendizaje para la vida y el
ejercicio de la democracia en una sociedad plural y diversa donde
se enfatizaba la educación en valores, la igualdad y el
respeto de las diferencias, rompiendo con los enfoques
únicamente reproductores y memorísticos. No se puede
afirmar que los principios de la LOGSE lograran una
aplicación real y efectiva, pero tampoco podemos acusarla de
problemáticas que escapan a sus principios, teniendo en
cuenta, además, que no se pusieron todos los recursos
necesarios por lo que respecta a las infraestructuras o el apoyo
a la formación docente y a las familias. Así, ignorando
la realidad, rechazando todo lo que pudiera resultar herencia del
gobierno socialista, y en el delirio político de ocupar un
lugar en la historia, se promulgó la controvertida Ley de
Calidad de la Enseñanza, calidad que se conseguiría,
supuestamente, gracias al esfuerzo de algunos de sus
protagonistas –el alumnado-, pero no de la
Administración Pública –considerando el bajo
presupuesto educativo-. De esta forma se llega a afirmar que el
esfuerzo es la herramienta fundamental, el valor que garantiza el
aprendizaje y el que permite obtener titulaciones de prestigio.
En esta carrera individual y competitiva basada en el esfuerzo es
necesario el control, y aquí sí que la
Administración se proponía intervenir estableciendo
mecanismos basados en la superación de múltiples
pruebas para distinguir claramente lo que se sabe de lo que no se
sabe, aquella persona que se ha esforzado de la que no (Note 21). Establece también
la Ley los caminos a seguir para quien, con su esfuerzo, permite
aumentar la calidad de la enseñanza, y para el alumnado que
la dificulta al no esforzarse. Los itinerarios y los grupos
diferenciados son las medidas para la calidad, afirmándose
que tales medidas son la garantía para la igualdad de
oportunidades y el derecho a la educación. Sin embargo, la
educación como derecho se reconoce al considerarla un
artículo de primera necesidad –utilizando así el
símil con la terminología del mercado económico-,
pero no se explicita que también es un servicio
público, quizás porque el propio Gobierno consideraba
que el mejor camino para conseguir la calidad es, junto al
esfuerzo individual, la privatización –se oculta que
la enseñanza privada en España es más del doble de
la que existe en Europa, y no por ello goza de más calidad-.
Resultan cuestionables también los planteamientos de la Ley
respecto a la enseñanza de la religión, en detrimento
de la educación y la reflexión ética fundamentada
en valores morales universales. Quizás amparándose en
una determinada interpretación de la Constitución (Note 22) y en el Acuerdo
sobre Enseñanza y Asuntos Culturales, firmado entre la Santa
Sede y el Estado Español en 1979, el gobierno conservador
del partido popular quiso imponer la religión católica
como materia obligatoria y evaluable en la enseñanza
pública (Note 23). Con
ello la educación en valores en una sociedad
democrática se desdibuja bajo enfoques uniformes que niegan
el valor de la multiculturalidad y no se cuestionan la
discriminación de la mujer que prevalece en algunas
religiones. Lejos queda la configuración de una escuela
pública aconfesional, que no significa neutral, pues su
posicionamiento beligerante debe quedar explícito en los
principios éticos universales que se defienden. La presencia
de la ética, de la reflexión sobre los valores de
nuestras sociedades, se diluye en la LOCE, ignorando que la
democracia nos abre el espacio para el encuentro y el
diálogo intercultural de mujeres y hombres. Así se
destierran las posibilidades de una educación en valores en
una sociedad que debe definirse por su diversidad.
Nos encontramos, pues, ante una Ley cuya finalidad es buscar
respuestas a los cambios tecnológicos y los criterios del
mercado, llegando a afirmarse que las reformas educativas son
necesarias para la “revisión, ajuste y mejora”,
siendo la “calidad” el mecanismo para “el logro
de cotas más elevadas de progreso social y
económico”. A pesar de que la exposición de
motivos de la Ley alude al bienestar individual y social
–sin explicitar abiertamente el significado que se le
otorga-, los planteamientos neoliberales de las economías
capitalistas se insertan en el discurso y se habla, como se ha
indicado, de la necesidad de ajustes que, en estas perspectivas,
no garantizan el avance en la lucha contra la exclusión y la
discriminación, al contrario, aleja de la posibilidad de
construir sociedades que partan del reconocimiento y la
realización efectiva de los derechos inalienables de las
mujeres y de los hombres, derechos que permiten a cada ser humano
reconocerse como ciudadana y ciudadano a nivel local y universal.
De la lectura del texto se observa también, como se ha
indicado, la notable desvirtuación de la educación en
valores y en derechos humanos: ¿cómo mujeres y hombres
pueden aprender a dialogar y a convivir si se arremete contra el
modelo de escuela participativa?; ¿cómo incidir en los
procesos de socialización y construcción de la
identidad en las primeras edades si se infravalora la
educación infantil recluyéndola a la
“atención educativa y asistencial” -acaso esta
etapa no es base formativa fundamental para el desarrollo y
aprendizajes posteriores-?; ¿cómo educar en la
diferencia y garantizar la igualdad de oportunidades si se
convierte la educación secundaria en una etapa selectiva,
retornando al elitismo y dando valor a los centros clasistas?;
¿por qué se eluden los contenidos de interés
social y humano, especialmente los más controvertidos y que
plantean conflictos de valores –como son las
problemáticas de las mujeres-, y se defiende la
memorización y la acumulación de fechas y datos sin
posibilidad de crítica y de cuestionamiento?. Las preguntas
se multiplican ante una Ley donde se fomenta el saber competir y
los principios del neoliberalismo se convierten en fines a
alcanzar, ignorando, como no, las necesidades diferenciales y los
problemas de la infancia y la adolescencia. El fracaso escolar,
que conlleva la marginación y exclusión del sistema,
acaba siendo una mera cuestión de esfuerzo personal,
fomentándose así el sentimiento de culpa. Igual de
preocupantes son algunas opiniones que relacionan dicho fracaso
con la desestructuración familiar, llegando al sarcasmo de
afirmar que ésta se debe a la participación de las
mujeres –las madres- en la vida pública. El texto
legislativo parece llevarnos a graves retrocesos del sistema
educativo al potenciarse, bajo la búsqueda de los supuestos
valores de excelencia y calidad, las desigualdades, no sólo
por razón de sexo, sino también por indicadores
relacionados con el nivel social, la étnia, el lugar de
procedencia o el contexto de vida. Lo que rige en la LOCE son los
valores (contravalores) de un mercado capitalista privatizado,
selectivo y excluyente. Sin embargo, la única manera de
contrarrestar los efectos de esta Ley es negarse a la lógica
de la exclusión, porque en la verdadera educación la
exclusión de las diferencias sí que lleva al fracaso. Y
negarse a la exclusión exige priorizar la educación en
derechos humanos y en valores democráticos en las escuelas
públicas. Este es el reto que debe afrontar en el presente
el nuevo gobierno socialista. Los compromisos electorales
asumidos han llevado a plantear, en los primeros momentos tras
las elecciones, la necesidad de paralaizar y/o replantear dicha
Ley. Sin embargo el reto es mucho más profundo, pues estamos
ante una transición educativa donde urgen medidas atrevidas
y transformadoras. Medidas, por una parte, que consideren el
aumento del presupuesto social y educativo olvidado en los
últimos años. Por otra parte son necesarios los
procesos de análisis y diagnóstico de nuestras
realidades para clarificar y entender la verdadera dimensión
de los problemas de las mujeres, valorando las nuevas necesidades
educativas que se derivan de la diferencia sexual y del
género construido. Necesariamente la mal llamada Ley de
Calidad de la Enseñanza deberá pasar a la historia,
pues no sirven retoques que maquillen una Ley que se aprobó
sin diálogo ni consenso. Esto no significa que deba
retornarse a la LOGSE, pues si bien cabe reconocer sus logros,
también plantea sus limitaciones respecto a una
educación para la igualdad y la diferencia. Urge, en estos
momentos, superar la implantación de un currículum que
ha derivado en demasiado tecnocrático impidiendo su
conexión con la realidad y con la vida. Necesario
también es la revisión de los planes de formación
docente y la consideración que en ellos se hace respecto a
la diferencia sexual y a la educación en valores. De igual
forma necesita superarse el uso de libros de textos que, si bien
pueden ser guías útiles, pueden derivar en cierto
encorsetamiento y homogeización, ignorando las realidades
diversas. Además, en demasiadas ocasiones han llevado a
reducir la educación en valores a clases –más o
menos transmisivas o deliberativas-, en detrimento de un
aprendizaje basado en la experiencia de convivir, de participar,
de cooperar, de compartir… Las políticas educativas
deben dar respuesta a los problemas de nuestras sociedades, y
ello exige un mayor compromiso que posibilite los cambios
legislativos y de aquellas normas culturales que discriminan y
condicionan la vida de las mujeres. Las políticas han de
avanzar en la igualdad entre mujeres y hombres, reconociendo los
derechos de ambos y aplicando medidas diferenciales que permitan
suprimir o corregir desigualdades de hecho que en diferentes
ámbitos viven las mujeres. Y se trata también de
superar la creencia que la igualdad formal ha sido suficiente
garantía para la igualdad material, pues la realidad nos
desmiente día tras día dicha creencia.
3.A modo de conclusión
No silenciar la historia y las políticas desarrolladas y
vigentes, al mismo tiempo que se evidencia y da valor a los
logros y al camino recorrido; salir de la apatía y mostrar
interés por el presente, por el mundo que vivimos y del
cuál también somos protagonistas; y pensar en los retos
del futuro con ciertas dosis de utopía, son requisitos
necesarios para definir políticas y proyectos educativos
donde sea posible, desde la responsabilidad y el respeto, la
construcción de identidades individuales y colectivas que
rompan con los estereotipos y los prejuicios que excluyen y
oprimen a las mujeres. La educación muestra, de este modo,
su dimensión ética y política, y se dibuja como
práctica social transformadora, como espacio para idear
formas de vida más humanas y esperanzadoras. En este sentido
es posible pensar en nuevos tiempos revolucionarios, en nuevas
formas de revelarse y resitir, sin olvidar que las “fuerzas
que impulsan a los pueblos, que son los verdaderos constructores
de la historia, determinadas por las condiciones materiales de su
existencia y la aspiración a metas superiores de bienestar y
libertad, que surgen cuando el progreso del hombre en el campo de
la ciencia, de la técnica y de la cultura lo hacen posible,
son superiores a la voluntad y el terror que desatan las
oligarquías dominantes. Las condiciones subjetivas de cada
país, es decir, el factor conciencia, organización,
dirección, puede acelerar o retrasar la revolución
(…), cuando las condiciones objetivas maduran, la
conciencia se adquiere, la organización se logra, la
dirección surge y la revolución se produce.” (Note 24)Así, la
revolución educativa se producirá cuando se asuma la
responsabilidad y el compromiso de romper con la
paralización, y se promuevan acciones de oposición y
rechazo a las injusticias de nuestro mundo, acciones
conscientemente fundamentadas en la sensiblidad y en la
razón dialógica. El siglo veintiuno es tiempo para
pensar la diferencia sexual, el género y la educación
en valores desde un posicionamiento crítico que nos vincula
a la realidad y nos permite descubrir aquello que nos somete y lo
que nos libera, y ello con la mirada puesta en la ideación
creativa de nuevas soluciones a las problemáticas de las
mujeres y de los hombres.
La educación se aleja así de enfoques que ignoran
los procesos y miden los resultados en términos de eficacia
y rentabilidad económica. No se trata de participar en
carreras cuya competitividad por ocupar el primer lugar impide
detenerse para percibir y pensar los problemas reales de nuestra
época. Lo que debería importar, y centrar la
acción educativa, es el poder recuperar la dimensión
humanizadora, aquella que permite a cada persona ser más
justa y más solidaria consigo misma y con las otras
personas. La educación deviene, así, un espacio para
potenciar el desarrollo moral de sociedades que tengan en cuenta
las necesidades humanas más profundas de las mujeres y de
los hombres; para pensar que todos los seres humanos tienen
derecho a imaginar otras formas de vida donde los derechos
humanos, y los valores que los orientan –libertad,
igualdad, solidaridad-, sean una realidad para todas y todos; y
para promover procesos donde todas las personas comprendan y
sientan la necesidad de compartir para poder entenderse y
convivir democráticamente. Se trata, en definitiva, de
superar desde el encuentro dialógico de miradas diversas los
problemas morales del pasado y del presente, y construir un mundo
más pacífico y humano donde sean posibles las
relaciones de igualdad y afectividad. Es en este sentido que las
nuevas propuestas políticas deben partir del principio que
no es posible una educación en la igualdad entre mujeres y
hombres si se niega la diferencia, es decir, las identidades
diversas. Educar en el valor de la igualdad significa, por tanto,
reconocer la diferencia sexual y deconstruir el género que
divide y jerarquiza, excluye y discrimina a las mujeres. Pero
además, la expresión de los valores de igualdad y
diferencia necesitan de contextos de democracia moral, contextos
llenos de vida donde la educación descubre sus
condicionantes ocultos, se abre y propone el diálogo sincero
y respetuoso entre mujeres y hombres. El reto político
está en abrir el espacio a una educación que se
preocupa por la realidad, que parte de la vida para volver a
ella, un espacio donde se considera la complejidad de la
situación y de las problemáticas de las mujeres, un
espacio donde la reflexión sobre los valores no es ajena a
la vivencia de los mismos.
1. Amnistía
Internacional. Boletín “Mujeres en Primera
Línea”. Núm. 2, 1999 y Núm. 3, 2000. www.a-i.es. De interés
consultar los documentos sobre Derechos Humanos de las Mujeres de
Amnistía Internacional, donde se visibiliza y se denuncia la
impunidad, la protección poco efectiva y el silencio ante
los reiterados crímenes, torturas, malos tratos... hacia las
mujeres, y ello a pesar de algunos avances como la adopción,
en diciembre de 1999, del Protocolo Facultativo de la
Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de
Discriminación contra la Mujer que posibilita la
presentación de denuncias para que las ciudadanas, de los
Estados parte de la Convención, puedan promover el inicio de
investigaciones cuando sus derechos sean violados.
2. De
interés: Mies, M. “El mito de la recuperación del
retraso en el desarrollo” en Mies, M. y Shiva, V.
Ecofeminismo. Barcelona: Icaria, 1997.
3. Datos expuestos
en la editorial “Hombres y Mujeres”. El
País, 3 de octubre de 2003.
4. Galeano, E.
Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid:
S.XXI, 1999 (3a edición), p.70.
5. De
interés: Boff, L. Ética planetaria desde el Gran
Sur. Madrid: Trotta, 2001.
6. El IV Plan de
Actuación para la Igualdad de Oportunidades (2001-2003)
establece 8 ámbitos de actuación que evidencian las
problemáticas que perviven en nuestras realidades: 1)Avanzar
en las políticas de ocupación remunerada para las
mujeres. 2)Favorecer la conciliación de la vida familiar y
profesional de las mujeres y de los hombres. 3)Erradicar la
violencia contra las mujeres. 4)Promover la formación de las
mujeres y la educación en la igualdad de derechos.
5)Impulsar políticas de bienestar. 6)Favorecer la
promoción de las mujeres en el mundo rural. 7)Promover la
información y la atención a las mujeres. 8)Fomentar la
participación de las mujeres en todos los ámbitos de la
sociedad.
7. Las
innovaciones y medidas recogidas en esta Ley se plantean, con
posterioridad, en la Ley 27/2003, de 31 de julio, reguladora de
la Orden de protección de las víctimas de la violencia
doméstica, promovida por el Gobierno español, que
también expresa, en la exposición de motivos, la
necesidad de “una respuesta global y coordinada por parte
de todos los poderes públicos (…) una acción
integral y coordinada que aúne tanto las medidas cautelares
penales sobre el agresor, esto es, aquellas orientadas a impedir
la realización de nuevos actos violentos, como las medidas
protectoras de índole civil y social que eviten el desamparo
de las víctimas de la violencia doméstica y den
respuesta a su situación de especial
vulnerabilidad.”
8. Por ejemplo
bajo el anterior Gobierno del partido popular las últimas
reformas legislativas sobre violencia de género fueron
parciales, no respondiendo a políticas globales, pues se
plantearon según la visibilidad de casos de malos tratos
hacia las mujeres en los medios de comunicación, o ante
denuncias concretas como el Informe del Defensor del Pueblo de
1998 que explicitaba el poco interés social y político
que generaba tal problemática; o la Memoria del Miniserio
Fiscal de 2003, relativa al año 2002 que indicaba el
alarmente aumento –un 29% más- de la violencia
doméstica en España.
9. Ana
González y Carlos Lomas definen la coeducación en los
siguientes términos: “Coeducar significa educar
conjuntamente niños y niñas en la idea de que hay
distintas miradas y visiones del mundo, distintas experiencias y
aportaciones hechas por mujeres y hombres que deben conformar la
cosmovisión colectiva y sin las que no se puede interpretar
ni conocer el mundo ni la realidad. Coeducar significa no
establecer relaciones de dominio que supediten un sexo al otro,
sino incorporar en igualdad de condiciones las realidades y las
historias de las mujeres y de los hombres para educar en la
igualdad desde la diferencia.” González, A.; Lomas, C.
(coords.). Mujer y educación. Educar para la igualdad,
educar desde la diferencia. Barcelona: Graó, 2002, p.
224.
10. De
interés: Muraro, R.M.; Boff, L. Femenino e Masculino.
Rio de Janeiro: Sextante, 2002, 3a ediçao.
11. Al respecto
señalar, por ejemplo, los debates que generan, en un
contexto europeo multicultural, las normas de algunas culturas y
religiones. Un ejemplo es la polémica sobre el velo
islámico generada en las escuelas francesas. Como
señala Sami Nair en el fondo de este debate está la
definición de los principios de libertad e igualdad, y
añade: “Respetar el derecho a la diferencia, de
acuerdo. Justificar la diferencia de derechos, nunca. El
relativismo cultural no debe significar la regresión de los
derechos.” Nair, S. “Explicar y Convencer”.
El País, domingo 14 de septiembre de 2003.
12. Ana
Mañeru sintetiza estos enfoques: “El feminismo de la
igualdad se enmarcó, sobre todo, en la órbita de los
derechos y las reivindicaciones de las mujeres respecto de los
hombres, y su objetivo era la liberación de las mujeres.
Partía de la idea de que para conseguirla era necesario
ocupar los puestos, trabajos y papeles sociales tradicionalmente
masculinos, como la vía de emancipación que
después impulsaría una sociedad sin discriminaciones
por razón de sexo. (...) El pensamiento y la práctica
de la diferencia sexual parten de que las mujeres y los hombres
somos diferentes, sin que este hecho justifique la desigualdad de
derechos o de oportunidades, y parten a la vez de que la libertad
femenina ha estado siempre presente en la vida de las mujeres
(...) Se trata, en cada momento histórico, de favorecer esa
libertad, de ir dando sentido y significado a lo femenino para
que pueda ser interpretado por cada mujer en primera persona
(...).” Mañeru, A. “A dos voces: educar en
femenino” en Cuadernos de Pedagogía, núm.
326, julio 2003, pp.57-58.
13. De
interés el monográfico “El sistema educativo a
examen” de la revista Cuadernos de Pedagogía,
núm. 326, julio 2003, donde se analiza el sistema educativo
español a la luz de la historia, los cambios sociales y
legislativos, y la vigente Ley de Calidad de la Enseñanza de
2002.
14. De
interés: Sastre, G. y Moreno, M. Resolución de
conflictos y aprendizaje emocional. Una perspectiva de
género. Barcelona: Gedisa, 2002.
15. En este
sentido debe plantearse una deconstrucción del género
que implica la comprensión crítica de la realidad. En
palabras de Macedo “el desarrollo de una comprensión
crítica que enlace el significado de las palabras con un
entendimiento más coherente del significado del mundo se
constituye en un requisito previo para alcanzar una
percepción más clara de la realidad (...) Así, con
miras a superar lecturas de la realidad que no pasan del mero
nivel de la palabra (...) hemos de desarrollar una
comprensión crítica de varias entidades
sicológicas, como “las memorias, las creencias, los
valores, los significados (...) que existen realmente fuera, en
el mundo de la acción y de la interacción
social.” Antes de dotar sentido a una descripción de
la realidad a nivel de las palabras, por tanto, es necesario leer
el mundo, esto es, las prácticas culturales, sociales y
políticas que lo conforman. La lectura del mundo debe
preceder, por tanto, a la lectura de las palabras, tal como
sugiere Freire. Ello equivale a afirmar que, para poder acceder
al significado pleno y verdadeo de cualquier entidad, debemos
analizar las prácticas culturales y políticas que
vehiculan nuestro acceso al campo semántico del mundo y su
interacción con los rasgos semánticos de la
palabra.” Macedo, M. “Prólogo” en Chomsky,
N. La (des)educación. Barcelona: Crítica, 2001,
p.19.
16. Los años
setenta, periodo político de transición a la
democracia, resultan interesantes por el gran número de
movilizaciones y reivindicaciones de diferentes grupos.
Significativas fueron las Jornadas Catalanas de la Mujer,
celebradas en Barcelona en mayo de 1976, donde después de
cuarenta años de silencio forzado, más de 4.000 mujeres
se reunieron para abordar sus problemáticas y sus
necesidades, reivindicando, entre otros aspectos, una
enseñanza obligatoria, pública, laica y gratuita,
antiautoritaria y no discriminadora contra la mujer, es decir, se
pedía la implantación efectiva de la coeducación
–no sólo de la escuela mixta-; la revisión de los
textos escolares; la lucha ideológica dirigida a la
desaparición de los roles tradicionales masculino y
femenino; y la supresión de las discriminaciones en el
deporte, el arte y la cultura.
17. Ley
Orgánica 1/1990, de 3 de octubre, de Ordenación General
del Sistema Educativo. BOE núm. 238, de 4 de octubre.
18. De
interés: Subirats, M.; Brullet, C. “Rosa y Azul: la
transmisión de los géneros en la escuela mixta.”
en González, A. y Lomas, C. (coords.). Op. cit, pp.
133-167.
19.
Exposición de motivos de la Ley Orgánica
10/2002. BOE núm. 307, martes 24 de diciembre de 2002.
20. La
exposición de motivos señala: “Este nuevo impulso
reformador que la Ley promueve se sustenta, también, en la
convicción de que los valores del esfuerzo y de la exigencia
personal constituyen condiciones básicas para la mejora de
la calidad del sistema educativo, valores cuyos perfiles se han
ido desdibujando a la vez que se debilitan los conceptos del
deber, de la disciplina y del respeto al profesor.” Ley
Orgánica 10/2002. BOE núm. 307, martes 24 de diciembre
2002.
21. “(...)la
consolidación de la cultura del esfuerzo y la mejora de la
calidad están vinculadas a la intensificación de los
procesos de evaluación (...) La evaluación, es decir,
la identificación de los errores y de los aciertos no
sólo es un factor básico de calidad; constituye,
además, un instrumento ineludible para hacer inteligentes
políticas educativas (...)”. Exposición de
motivos de la Ley Orgánica 10/2002. BOE núm. 307,
martes 24 de diciembre de 2002.
22. “Baste
recordar el artículo 16 de la Constitución para
comprender el asunto. Dicho artículo avanza enormemente en
sus dos primeros apartados y en una gran parte en el tercero,
pero se encalla seriamente en las últimas letras. El
apartado 1 garantiza la libertad ideológica, religiosa y de
culto de los individuos y las comunidades, sin más
limitaciones que el mantenimiento del orden público. El
apartado 2 dice de manera contundente que nadie podrá ser
obligado a declarar su ideología, religión o creencias.
Y el apartado 3 declara de manera rotunda que ningura
confesión tendrá carácter estatal, que es una
forma de acabar con la tremenda historia de la vinculación
del Estado con la Iglesia bajo el franquismo. Inmediatamente
después el texto señala que los poderes públicos
tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad
española, pero en la última línea se introduce
algo que la mayoría de los ponentes constitucionales no
habíamos aceptado, a saber, que los poderes públicos
“...mantendrán las consiguientes relaciones de
cooperación con la Iglesia católica y las demás
confesiones.” Solé Tura, J. “¿Qué
religión, qué enseñanza?”. El
País, 2 de julio de 2003.
23. “La
nueva ley y los decretos que la desarrollan resultan, en algunos
aspectos, más regresivos en materia religiosa que el propio
Concordato de 1953, en lo que a la obligatoriedad se refiere, ya
que entonces se contemplaba la dispensa de la enseñanza de
la religión y moral católicas a ‘los hijos de no
católicos cuando lo soliciten sus padres o quienes hagan sus
veces’ (27,1), mientras que en la legislación actual
es obligatoria en una de las dos modalidades –confesional y
no confesional-, y no admite excepción alguna. Además,
es evaluable dentro del currículum para pasar de curso como
para la nota media de reválida. La religión confesional
sigue siendo impartida por profesores pagados por el erario
público y elegidos a dedo por los obispos entre los más
acordes a su mentalidad(...)” Tamayo, J.J.
“Religión en la escuela: ¿retorno al
nacionalcatolicismo?. El País, 15 de septiembre de
2003.
24. Palabras de
Ernesto Guevara en Borón, A.A. (coord.). Primera y
Segunda Declaración de la Habana. Buenos Aires: Nuestra
América, 2003, pp.45-46.
Datos sobre la autora
Isabel Carrillo
Facultat d’Educació de la Universitat de Vic
Dirección: C/Sagrada Familia, 7. 08500 Vic
(España).
E-mail: isabel.carrillo@uvic.es
Doctora en Pedagogía por la Universidad de Barcelona.
Actualmente profesora titular en la Facultad de Educación de
la Universidad de Vic (España). Imparte el curso
“Valores, Educación y Pluralidad Cultural” en el
Programa de Doctorado: Comprensividad y Educación.
Integrante de los grupos de investigación “Mujer y
Sociedad” -Centro de Estudios Interdisciplinares de la
Mujer-, y “Grupo de Investigación Educativa”
–Facultad de Educación-. Forma parte de las redes
temáticas universitarias “Educación en
Valores” y “Mujer y Culturas”. Es asesora de la
Revista “Senderi: Educación en Valores”, y de
las colecciones de la editorial Eumo “Caja de
Pandora” e “Intersecciones”. Sus
investigaciones y publicaciones se centran en temas
pedagógicos relacionados con la reflexión ética y
la práctica de la educación en valores –derechos
humanos, diversidad cultural, género…-. Dirige el
proyecto de Cooperación Educativa con Centroamérica
(Guatemala y Nicaragua) y es Coodirectorade la Cátedra
UNESCO “Mujeres, desarrollo y culturas” de la
Universidad de Vic.
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Brasil Email: romualdo@usp.br
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- Dalila Andrade de Oliveira
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Horizonte, Brasil
Email: dalila@fae.ufmg.br
- Nilma Limo Gomes
Universidade Federal de Minas Gerais, Belo Horizonte
Email: nilmagomes@uol.com.br
- Iolanda de Oliveira
Faculdade de Educação da Universidade Federal
Fluminense, Brasil
Email: iolanda.eustaquio@globo.com
- Walter Kohan
Universidade Estadual do Rio de Janeiro, Brasil
Email: walterko@uol.com.br
-
María Beatriz Luce (19982003)
Universidad Federal de Rio Grande do Sul-UFRGS
-
Simon Schwartzman (19982003)
American Institutes for ResesarchBrazil
Canadá
-
Daniel Schugurensky
Ontario Institute for Studies in
Education, University of Toronto, Canada
Email: dschugurensky@oise.utoronto.ca
Chile
- Claudio Almonacid Avila
Universidad Metropolitana de Ciencias de la
Educación, Chile
Email: caa@rdc.cl
- María Loreto Egaña
Programa Interdisciplinario de Investigación en
Educación (PIIE), Chile
Email: legana@academia.cl
España
- José Gimeno Sacristán
Catedratico en el Departamento de Didáctica y
Organización Escolar de la Universidad de Valencia, España
Email: Jose.Gimeno@uv.es
- Mariano Fernández Enguita
Catedrático de Sociología en la Universidad de
Salamanca. España
Email: enguita@usal.es
- Miguel Pereira
Catedratico Universidad de Granada, España
Email: mpereyra@aulae.es
-
Jurjo Torres Santomé
Universidad de A Coruña
Email: jurjo@udc.es
- Angel Ignacio Pérez Gómez
Universidad de Málaga
Email: aiperez@uma.es
-
J. Félix Angulo Rasco (19982003)
Universidad de Cádiz
-
José Contreras Domingo (19982003)
Universitat de Barcelona
México
- Hugo Aboites
Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco,
México
Email: aavh4435@cueyatl.uam.mx
- Susan Street
Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en
Antropologia Social Occidente, Guadalajara, México
Email: slsn@mail.udg.mx
-
Adrián Acosta
Universidad de Guadalajara
Email: adrianacosta@compuserve.com
-
Teresa Bracho
Centro de Investigación y Docencia Económica-CIDE
Email: bracho dis1.cide.mx
-
Alejandro Canales
Universidad Nacional Autónoma de México
Email: canalesa@servidor.unam.mx
-
Rollin Kent
Universidad Autónoma de Puebla. Puebla, México
Email: rkent@puebla.megared.net.mx
- Javier Mendoza Rojas (19982003)
Universidad Nacional Autónoma de México
-
Humberto Muñoz García (19982003)
Universidad Nacional Autónoma de México
Perú
- Sigfredo Chiroque
Instituto de Pedagogía Popular, Perú
Email: pedagogia@chavin.rcp.net.pe
- Grover Pango
Coordinador General del Foro Latinoamericano de Políticas
Educativas, Perú
Email: grover-eduforo@terra.com.pe
Portugal
- Antonio Teodoro
Director da Licenciatura de Ciências da Educação e do
Mestrado Universidade Lusófona de Humanidades e Tecnologias, Lisboa,
Portugal
Email: a.teodoro@netvisao.pt
USA
- Pia Lindquist Wong
California State University,
Sacramento, California Email: wongp@csus.edu
- Nelly P. Stromquist
University of Southern California, Los Angeles,
California Email: nellystromquist@juno.com
- Diana Rhoten
Social Science Research Council,
New York, New York Email: rhoten@ssrc.org
- Daniel C. Levy
University at Albany, SUNY, Albany, New York
Email: Dlevy@uamail.albany.edu
-
Ursula Casanova
Arizona State University, Tempe, Arizona
Email: casanova@asu.edu
-
Erwin Epstein
Loyola University, Chicago, Illinois
Email: eepstei@wpo.it.luc.edu
-
Carlos A. Torres
University of California, Los Angeles
Email: torres@gseisucla.edu
-
Josué González (19982003)
Arizona State University, Tempe, Arizona
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